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Jueves, 29 de septiembre de 2005

Viajar con los cinco sentidos

He aquí algunas de las ventajas de viajar en tren:
1) te olvidas de las puñetitas del coche, ese otro miembro de la familia que también te da pequeños disgustos
2) puedes aprovechar para leer, corregir, dormir o sucumbir ante la matutina luz del mar
3) si estás un poquito atento/a ("vos no sós que una purista") a la caterva de personajes-tipo que circulan por ahí, la cabeza te va a cien por hora.
Hoy ha primado, en mi viaje, la tercera ventaja (¿o era inconveniente?)

Cada vez que piso el andén 1 de la estación de tren del pueblo donde vivo a tempranas horas del día me hago la misma pregunta: "¿qué hace toda esta gente madrugando tanto?", y me pongo todo lo contenta que me permite la sonmolencia que aún tarda en marcharse. Yo, toda seria, con la barbilla erguida y mis carpetas bajo el brazo, busco un sitio donde acomodarme para el resto del trayecto. Y, claro, no podía faltar la ley de Murphy. ¿Qué es lo que más me molesta por la mañanita?, los ruidos. ¿Quién grita más de todos los pasajeros del vagón que yo he escogido?. ¡Correcto!: el que tengo a mi vera.
Era este tipo un personaje particular, de esos que te sorprenden porque tan pronto sueltan un "haiga" y un "asín" como te hablan del adsl y del emule y los megas con una familiaridad que ya me gustaría a mí.
El caso es que este señor, que tenía a bien participar en la reconstrucción de un bloque de pisos en Puerta Ferrisa (otros los abreviarían denominándole "paleta"), oficio que le permitía al buen señor su dosis de sociología, pues hizo un repaso de las etnias que participaban en tal evento que no tenía desperdicio. Todo esto se lo contaba a su vecino de viaje (también amigo o conocido por lo que pude deducir de la conversación en la que, sin querer, todos éramos receptores), que no era precisamente muy hablador. Pero el reconstructor era de esos tipos que consideran que el silencio entre conocidos que comparten tren es algo malo, y se precipitaba a remediar tal desfachatez como fuera, lo cual impedía mi lectura concienzuda de los documentos que contenían mis carpetas. Por cierto: no compréis ninguno de esos pisos, queestán hechos con pladur ("una vergüenza") y han metido malo los paquistaníes "que pa trabajar en esto no valen". Avisados quedáis...
De la vuelta me quedo con el limpiabotas que vi en la Rambla de camino hacia la estación. De buena gana me hubiera quedado un rato allí contemplándolo: su porte, a pesar de estar tan escondido que pasaba casi desapercibido, era de ésos que utilizarías en una clase para ejemplificar la personificación de la dignidad. Testigo mudo del paso del tiempo que no perdona esos oficios casi extinguidos, no miraba hacia ningún lado en particular, a la espera de unos zapatos a los que sacarles brillo. No me planteé el hecho de que, como algunos puedan considerar, fuera un oficio humillante; sólo me limité a retener su imagen, entrañable, en mi mente. Pero un ruidito me sacó del limbo: oh, esos acordeonistas sin ningún estudio de solfeo que pululan por nuestras ciudades. Snaff.
Pues hale, de nuevo bajo tierra, esta vez al andén número 2. Ya lo he memorizado: 1 para la ida, 2 para la vuelta. Como me lo cambien con la llegada del invierno me matan, que yo soy como Paco Martínez Soria en "La ciudad no es para mí", porque, a pesar de mi barbilla alta y de mi prestancia un tanto chulesca, una tiene un prurito pueblerino que ahí está.
Primer obstáculo: alemanes del Inserso (o del Inserhaissen, tendré que preguntarle a mi amigo Michele cómo se dice eso, si es que existe, que él se pasea mucho por las Alemanias exhibiendo marcas de pasarela, metrosexual él) en busca de un asiento. Esta vez, la señora que me dio codazos estaba entrenada. Para mí que les dan un cursillo previo: bermudas, zapatillas deportivas y, venga, a empujar a la muchedumbre. Como aquí no tenemos apretadores como en Japón...
Prueba superada: subo y me siento. Yo con mis crucigramas esta vez, que me hacen desconectar, hasta que algo llamó poderosamente mi atención. Descubrí que aún existen esos mapas de España mudos donde los alumnos tienen que rellenar cositas. Mi compañero de asiento (y entiéndase literalmente, pues ocupaba el suyo y parte del mío), era profe (¡cómo lo entendía!) y estaba corrigiendo las cordilleras que Vicens Vives le había faciitado. Unas estaban pintadas de verde y otras de marrón, supongo que en función de los pluviómetros de la zona, y de pronto me vino como un arrebato nostálgico que hasta me entraron ganas de llorar. Pero de nuevo la música impidió la afloración de mis sentimientos: acordeonistas a la vista; bueno, mejor dicho, al oído, porque los tenía pegados a mí una cosa mala. Luego vino la de "siñoras y siñores" y unos cuantos niños turistas que echaban carreras por el vagón vestidos con camisetas futboleras. Todo ello, regado con la dulzura de tonos, politonos, polifonías y semitonos de gran parte de los viajeros. Cómo es esto de la perspectiva, ¿eh?. Qué ridículo parece que la primera frase de todos sea: "estoy en el tren" cuando tú es lo que estás viendo, precisamente.
Cuando ya cesaron los ruidos y con ellos mis sobresaltos, me vi una cámara fotográfica a un palmo de mis narices. Mis vecinos de enfrente eran una parejita de suecos blanquecinos tostados ligeramente por el sol que te traiciona en vacaciones. Él le estaba enseñando a ella las fotos tomadas (supongo que en la Sagrada Familia) con la particularidad de que era de estos tipos que no controlan muy bien el concepto de espacio. Vaya, que yo casi me hubiera tocado las nalgas con las plantas de los pies, por aquello de no molestar, si no hubiera sido por el asiento que impedía tal acrobacia. Di que, como era clavadico a Nick Nolte y más que hablar susurraban, les perdoné todo a ambos, hasta que estuvieran de vacaciones.
En fin, que no pararía, pero paro, que me voy a ver a los de Operación Triunfo a ver si disimulan un poco más que lo tienen todo preparado.

Por: la verdadera violante | General | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

¿Has probado el autobús de tu pueblo ? Creo que puede ser una de tus próximas fuentes de inspiración : dicen que en verano el conductor es capaz de bajarse a comprar un helado y seguir el viaje como si tal cosa.

JOSEP | 27-10-2005 23:39:53

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