Desde este humilde espacio cibernético, donde todo es posible, regalo palabras para explicar una parte de la vida (¿docente?). Se puede leer, se puede opinar e incluso se puede disfrutar.
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Sábado, 04 de febrero de 2006
Hace unos días que me siento como el protagonista de La piel fría: de día duermo y por la noche toso. A diferencia de él, y de su compañero Batís Cafó, mi faro no se ve asaltado por seres acuáticos, pero no sé yo si esto de la tos es algún tipo de advertencia…
En uno de esos arrebatos de mala baba que te entra cuando no puedes dormir y lo necesitas profundamente, recordaba yo recetas caseras de antaño:
Mi abuela siempre nos decía: “Cómete una porcioncica de chocolate y se te pasará”. Amigas como éramos mis hermanas y yo de tan preciada golosina, le hacíamos caso, sin saber muy bien la relación entre una cosa y otra. Por si acaso, me levanto a por las galletas Bío-Cenntury del Día, que son de chocolate pero de régimen.
Este tipo de recetas eran un poco Fray Benito Feijoo, “el desengañador de las Españas”, que ya en los siglos XVII-XVIII hablaba de lo absurdo de determinado tipo de creencias populares (el milagro de las florecillas de San Luis, no mezclar chocolate con torreznos, los cometas como castigo divino, etc.) a pesar de que, en lo tocante a la FE, aún estaba él donde estaba.

En mi pueblo se ve que debieron de leer poco a Feijoo, y mi generación creció con este tipo de creencias:
- No ducharse ni lavarse la cabeza cuando se tiene la menstruación, ni hacer mayonesa ni tocar plantas (estas últimas se apachuchan inmediatamente y la mayonesa se corta radical)
- No beber agua después de una taza de chocolate.
- Besar el pan cuando se cae al suelo.
- Comer caramelos bendecidos en la misa de San Blas para curar el dolor de garganta.
- Evidentemente, lo de acercarse a los chicos tenía su miga. Corrían leyendas urbanas del tipo de las que cuentan los anecdotarios médicos, como por ejemplo estas recogidas por I. de Arana en Diga treinta y tres:
- Lavarme yo eso? ¡Ni hablar! ¡Ni que fuese una cualquiera! ( y si estaba con la menstruación, ni te cuento)
- ¡Ay, doctor, si usted la viera! ¡Qué guapa y qué hermosa está! No puede juntar las rodillas de puro gordos que tiene los muslos! (evidentemente, el mejor piropo que te podían echar de mocita era qué flamenca estás. Malo…)
- ¿Raquítico mi hijo?, ¿con lo gordo que está y lo bien que le doy de comer? Usted no sabe lo que dice. ¡Pues no faltaba más! ¡Vaya médico!
- El doctor se dispuso a explorar a un viejo paciente y le pidió que se colocara boca arriba. Aquel hombre exclamó extrañado:
¿Cómo que boca arriba? ¿Eso qué es?La esposa supo encontrar las palabras adecuadas que arreglaron la situación:
Eutimio, lo que el doctor dice es que te pongas de memoria. (sigo oyendo que hay gente que ronca porque duerme de memoria)
- ¿Dónde le han puesto ustedes el termómentro, en el axila o en el recto?
No, no; se lo han puesto en el Ambulatorio.
- El médico pediatra está elaborando la ficha con los datos de su pequeño paciente. Pregunta, pues:
- Señora, el embarazo fue normal?
- Sí.
Y la acompañante, madre de la joven madre, se apresura a rectificar, conocedora de la importancia de una historia clínica bien hecha:
-NO, doctor. El embarazo no fue normal,, fue de penalti. (eso era como una especie de estigma en cualquier familia de bien)
- El médico estaba sentado en su mesa interrogando a la madre sobre los antecedentes familiares del niño mientras éste se encuentra unos metros más allá:
- ¿Hay algún tipo de subnormalidad en su familia?
- En la mía no, doctor.
- ¿Y en la de su marido?
- Pues no lo sé –y volviendo la cabeza se dirige al marido: oye, Antonio, que dice el doctor que si sois anormales en tu familia.

En fin, situaciones de las que, de una manera u otra, sigo participando. ¡Anda que no he utilizado yo estas perlas para mis clases! Con tos o sin ella.
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Domingo, 22 de enero de 2006
Si hubiera inaugurado este blog el curso pasado, los máximos protagonistas hubieran sido especialmente dos grupos de alumnos que el cielo (o el infierno, más bien) tuvo a bien concederme:
1) Un curso de repetidores (2º de ESO) digno de libro de ensayo antropológico y
2) Mi tutoría de 1º de ESO, grupo digno de manual de supervivencia del estilo “Conózcase a sí mismo”
Del primer caso diré que tenía un total de 8 alumnos, si es que esta palabra puede aplicarse a un conjunto de seres humanos que tienen que estar escolarizados obligatoriamente y que por eso vienen cada día al instituto sin que eso signifique nada más. La ficha descriptiva de cada uno sería muy larga, pero enumeraré anécdotas protagonizadas por cada uno como botón de muestra. El resto, es imaginable.
- Abderrahim: molestar no molestaba excesivamente, pero de vez en cuando se sumaba al carro y cuando tocaba el timbre de entrada a clase me lo encontraba subido en un “scape” dando vueltas a mi alrededor como si eso fuera normal.
- Marcial: venas cruzadas, se dedicaba a insultar a todos y a llorar porque todos los insultados le pegaban collejas. En una pelea con Abderrahim (sólo le tiró una mesa encima de la cabeza) me rompieron (sin querer, claro) un collar el único día que me decidí a exhibir parte de mi bisutería.
- Celentano: en vez de trabajar se dedicaba a preguntarme que qué haría yo si pillara a mi hijo follando en casa con su novia. El resto, exquisiteces por el estilo.
- Orestes: a pesar de que su padre era profesor de Reiki, a él le aprovecharon poco las posibles enseñanzas. Tan pronto se leía en clase el Quijote entero (doy fe de ello, e hizo un trabajo posterior excelente) como se le iba la olla y se dedicaba a imitar a ése de “Aquí no hay quien viva” que sale de vez en cuando hablando a toda pastilla. Creo que también protagoniza un spot publicitario.
- Usmariong: jugando jugando por poco inmola allí mismo al que estaba sentado a su lado (instrumentos: desodorante spray y un mechero).
- Javito: el quasi inmolado. Sólo dibujaba coches tuneados y decía palabrotas, tacos y barbaridades seguidos de “perdona, violante, perdona”.
- Marianela: “estoy rallá”, “vaya mierda”. Sólo eso.
- Fátima: trabajaba mucho, pero creo que aprendió más bien poco. Le preocupaban más las discusiones con su novio, pues estaba celoso porque el tío de éste empujaba “con cariño” a Fátima a la piscina rozándole “sin querer” el bikini. Ante mi pregunta : “pero tu novio y tú dialogáis” contestó: “¿Qué quiere decir eso, que si follamos?”. Sin comentarios.
Pues estos muchachos venían a mi clase 3 veces por semana. Sólo fallaban si estaban expedientados y puedo asegurar que fue muy muy duro. Pues bien, este año no los tengo (Dios existe) y hay que ver cómo cambian las perspectivas.
Resulta que, como ya dije, hago media jornada y, claro, entre eso y que les han abierto un programa especial que incluye prácticas de trabajo en diferentes empresas, me ven mucho menos.
Cada vez que me ven me saludan como si fuera la primera vez:
-¿Por qué no nos tienes este año?
-Te echamos de menosEtc., etc.
Podría decir muchas más cosas, pero destaco el hecho de que ya les han echado a todos de su primer trabajo y ahí andan, buscándoles un segundo. Entre otros, Fátima estaba en la peluquería de la Paqui, pero se ve que sólo le mandaban a por cafés y eso a ella le parecía un abuso.
El viernes me vieron entrar por la puerta y me rodearon con una alegría no compartida por mí, pero incomprensible asimismo para ellos:
-FÁTIMA: violante, no te vemos.
-Ya, este año nos vemos menos, jejeje. A ver cuándo me haces unas mechas.
-FÁTIMA: Ya no estoy en la pelu. Ahora puede que vaya a una tienda de ropa. Pero yo no me quiero ir del insti. Al año que viene, aunque no esté, vendré a verte y te traeré bombones. Al igual hago el ciclo formativo que se hace aquí. (no me gustaría perderme la cara de las profes de ciclos al año que viene si este deseo se convierte en realidad).
-Pues qué bien. Y tú, Marianela, ¿ya sabes lo que quieres ser en la vida, hija?
-MARIANELA: aún no. Estoy rallá.
-OTRA (no de este grupo tan majo): uy, ¿cómo le dices eso a una profe?
-MARIANELA: tía, si es como mi madre…
(halago para mí desde su punto de vista, no tanto desde el mío)
-CELENTANO: el otro día te vi con la moto y no me dijiste nada.
-¿Qué te hace suponer que adivino quién se esconde debajo de cada casco de moto?
-CELENTANO: que era yo!! Que te saludé con el brazo.
-Uy, qué tonta, ¿cómo no te reconocí? Si me saludaste con el brazo, fijo que tenías que ser tú. Los demás me saludan levantando una pierna.
-CELENTANO: jijijiji, qué cachonda. ¿Me dejas ir a tu clase?
-NO, querido. Soy generosa por naturaleza: me gusta compartir con mis compañeros lo que aprendo. Y con vosotros aprendí mucho, sin duda; así que ahora, que disfruten los demás.
-JAVITO: este año nos estamos portando muy bien.
Hasta que salió el jefe de estudios con un expediente para cada uno. Se ve que habían encontrado la llave de una moto que no era suya y se dieron una vuelta con ella a la hora de clase. O algo así. Evidentemente, ninguno sabía nada del tema.
Y yo pensaba: ¿será verdad que me echan de menos si estoy convencida de que no aprendieron nada conmigo? ,¿o sí que aprendieron algo, aunque no fuera precisamente lengua?, ¿me traerá Fátima los bombones?, ¿encontrará Marianela su sitio?, ¿dejará de ver a Celentano cada día por la calle?, ¿dejarán de expedientar a Javito?, ¿encontrarán un tercer trabajo para Usmariong?...
Seguro que ellos tienen otra perspectiva completamente diferente. Hay que ver la mente humana, qué diversa es.

Ah, lo de la tutoría fue para echarle de comer aparte. Lo reservo para otro día. Si el año pasado no cogí la baja es que ya estoy inmunizada hasta que me jubile...
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Sábado, 14 de enero de 2006
Pintaba mal el día cuando a 1ª hora ya me ha tocado hacer la guardia de siempre. La profe de siempre sin venir, y yo con los mismos de siempre con la pregunta de cada semana:
-¿Tenéis trabajo? (pregunta retórica para estos alumnos de 2º de ESO)
-Nooooooooooooooooo (respuesta retórica para servidora, que no sé para qué me molesto).
-Pues sacad deberes o estudiad, todo ello en un tono que a mí me permita hacer lo que tengo que hacer, que yo sí que tengo trabajo.
La de delante justo de mí:
-Yo voy a hacer los deberes de inglés.
-Vale
Al cabo de un rato:
-Chica, sí que ha cambiado esto del inglés, como que lo veo igualito que el castellano.
-¡Qué pillada!
Las niñas en cuestión se dedicaban a escribir letras de canciones dedicadas a profes. El contenido no tenía desperdicio. Sirva como ejemplo la dedicada a la profe que falta (a la que yo le hacía la guardia en ese momento y en todos los momentos de las distintas semanas que llevamos de curso coincidentes con esa hora):
-“Soy guay oh oh oh. Llego borratxa a clase pq me he tomao un orujo oh oh oh. Me doy golpes con las esquinas y necesito una aspirina…”
No he querido leer más. Le he roto la hoja y le he dicho:
-No quiero saber nada de esto, y vosotras tampoco. Sólo os pido que si me escribís una canción en inglés, que por favor me la enseñéis.
-No, no. De ti no escribimos nada.
Así ha empezado el día, de manera que cuando me ha llamado MPPekín para salir a tomar algo y charlar un rato he aceptado de inmediato. Julieta se ha sumado a la cita y hemos decidido finalmente ir a cenar. Empieza el periplo. Teniendo en cuenta que los 3 somos fumadores y que la mitad de los restaurantes de un pueblo de costa están cerrados en esta temporada, hemos tardado como ¾ de hora en alojarnos alrededor de una mesa con mantel de cuadros que nos dispensara buenas viandas y la posibilidad de saborear un pitillo en la sobremesa. Al evento se nos ha añadido por casualidad (más bien nos ha cedido su mesa) el dueño de un bar al que posteriormente pretendíamos ir después de jalar y que, casualmente:
a) Realiza viajes en globo. Nos ha informado ampliamente sobre ello: funcionamiento de las corrientes de aire, tiempo que se tarda en montar el globo, duración, calidad y precio del vuelo… No ha faltado tampoco la variante del parapente, llamada incluida a su socio cuando ha notado cierto interés por parte de MPPekín, desconcertado a su vez por la llamada provocada por él, que sólo pretendía ser cortés.
b) Es un conversador nato y generoso. Nos ha invitado al vino consumido con cierto fervor en la cena.
c) Nos ha informado de que en su bar habría una fiesta de Jack Daniels.
Así que, amigos como somos de la continuidad, hemos ido derechitos al punto c), pues la fiesta incluía regalos. La parte dura de esto era que los regalos eran productos del azar, y a mí eso ya me ha mosqueado, pues en toda mi vida lo único que me ha tocado ha sido una tarrina de Nocilla del tamaño del dedo meñique en la escuela y sin mucho mérito, pues de los 19 que éramos sorteaban 18 (y para mí que al que se quedó sin le dieron una que tenían guardada por si acaso).
Como además de continuistas somos conformistas y no tenemos talento alguno, nos hemos pedido unos Jack Daniela para ver qué nos tocaba. Con el bebedizo nos han dado unos palitos mezcladores (al bolso han ido derechitos, que cuando hay visitas siempre visten mucho) metidos en unos fundas de papel monísimas. Y ahí estaba la gracia: canjeabas las fundas en un chiringuito montado ad hoc, una especie de biombo propagandístico que, para desgracia nuestra, tapaba la estufa cuyo calor hubiéramos agradecido sobremanera.
Como maestras de ceremonias, unas muchachas con una especie de baraja encima de una mesa. Las cartas estaban separadas en 3 bloques: A, B y C, y cada uno de nosotros entregaba su fundita de papel y tenía que decir en voz alta cuál era el bloque que prefería (suerte que había música de fondo y que nuestra mesa estaba justo al lado de la nave nodriza, con lo cual no se nos oía ni veía excesivamente). Julieta quería un sombrero cow-boy para su niña y eso fue precisamente lo que le tocó. A MPPekín un reloj bien majo. A mí…
¿cómo describirlo?. Todos los que hayáis visto Forrest Gump o Salvad al soldado Ryan reconoceréis enseguida el objeto en cuestión. La carta rezaba “colgante”, pero en realidad eran 2 placas de esas que llevan los soldados sujetadas por una cadena indescriptible. Después del regateo, he conseguido que las azafatas me lo canjearan por un mechero. Pero ya me he quedado yo con la copla de que lo que me había tocado era lo otro. En fin…
Contentos con nuestros regalos (unos más que otros) hemos seguido nuestra animada charla, donde han abundando las risas y carcajadas, aunque no voy a desvelar el contenido. Sólo diré que debido a que mi risa es más bien estruendosa, he tenido toda la noche mirándome a un doble del televisivo sobrino del POZ ZÍ, ése que últimamente sale suplicándole a su indescriptible tío de una manera muy poco convincente que vuelva a casa y que deje de una vez por todas ese pozo sin fondo en el que vive acompañado de El Lince.
En estas estábamos cuando nos hemos percatado de que las niñas regaladoras querían desmontar el chiringuito. No podíamos consentirlo, con que nos hemos pedido otra ronda para volver a tentar de nuevo a la suerte. Debían de estar cansadas las azafatas y con ganas de plegar velas, pues ni cartas ni nada; directamente nos han preguntado qué queríamos. Me he puesto hasta nerviosa. Estábamos los tres acechando la caja de los regalos como si de un puesto de saldos se tratara, con la adrenalina por las nubes debido a la emoción.

Yo me he elegido una camiseta monísima que tardaré en ponerme por miedo a que me quede pequeña (unas placas de marine y una camiseta que no me entra son demasiado para un solo día). Mis amigos me han sugerido que la estrene en el gimnasio, al que aún no he ido; pero yo he replicado que primero tendré que ir al gimnasio para poder ponérmela con el tiempo.
En definitiva, risas, regalos, alegría y un poquito de literatura, pues todo aquello ha sido propio de un esperpento de Valle-Inclán, al que también hemos citado, entre otros. Más contentos que chupillas…
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Lunes, 09 de enero de 2006
Además de “Salsa Rosa”, “Corazón de invierno”, “¿Dónde estás corazón?”, “Corazón corazón” y “Aquí hay tomate”…

… a servidora también le molan la cultura y el arte (reservo una sorpresita para el final. ¡¡¡NO: ahora no toques el cursor!!!), razón por la cual, si se puede, veo “Saber y ganar”. Aprender aprendo mucho, a pesar de que estoy algo enfadadita porque no hay manera de que me toque la televisión de plasma de 42 pulgadas y a pesar también del presentador (al que mi madre llama cariñosamente “ese conejico chino”; nunca sabré por qué).
La semana pasada hubo una pregunta que me llamó la atención por formar parte (no sé si intrínseca o extrínsecamente) de ella. El preámbulo venía a ser algo así como que no sé qué organismo de la Unión Europea había dispuesto en 87 el máximo de decibelios permitidos por la ley en el trabajo. La pregunta era:
-¿Cuál de estas 3 profesiones soporta más decibelios de los citados, o sea, el máximo?
Y 3 posibles respuestas:
a) Camionero
b) Profesor
c) Criador de cerdos
El concursante en cuestión, supongo que padre de adolescentes y sabedor de la soledad e incomprensión de ésta nuestra profesión (en un altar tengo yo desde entonces a este José de Ciudad Real), contestó sin dudarlo:
-Profesor.
Pero no. Ante su sorpresa y la mía, la respuesta correcta era la c). Eso es: criador de cerdos. No pude evitar pensar en una figura literaria ante tal situación: ¿paralelismo?, ¿contraste?, ¿paradoja?... Cada uno que se quede con la que quiera, que yo no voy a provocar que me abran un expediente por este foro de diálogo y libertad.
El caso es que inevitablemente corrió una lagrimita por mis mejillas: oh, qué cerca estaba el lunes y qué ganas me daban de comprar un decibeliómetro para llevármelo al tajo, a ver si cambiaban la respuesta.
El lunes ha llegado, y he compensado a mis pabellones auriculares con una visita al lidl: he cargado con una cajonera negra bonísima y una mesa para la torre del ordenador, la impresora y los CD que me han costado sangre, sudor y lágrimas por varios motivos:
1) Le he preguntado a la cajera si aceptaban tarjetas (antes de pasar los productos). Me ha contestado que sí. “¿Ésta?”, he insistido yo. “Sí, sí”. Evidentemente no ha sido así, con lo cual…
2) He tenido que ir al cajero más próximo (20 minutos en coche en día de mercadillo como hoy y las rotondas que parecían la Ronda de Dalt), sacar dinero y volver a pagar en efectivo. “Mujer, ¿por qué has hecho cola?” . “Porque nos conocemos”, he contestado yo, que he tenido que cargar con ambos muebles arrastrándolos hasta el coche por no pedir cambio para el carro por no oír un “joé, qué mañana” de las amables caras que atienden al público.
3) Posponer su montaje hasta la tarde porque he recordado que había quedado con una amiga para ir de rebajas a un outlet. Entre medio, alguna clase, reunión de Equipo Docente, comer y clase de nuevo. Mi amiga, que tiene el don de no escuchar o de no retener conscientemente lo que escucha, se ha hecho la sueca con lo de la premura del tiempo y me ha tenido dando vueltas mirando escaparates de tiendas carísimas más de lo permitido seguramente por el organismo ése de los decibelios pero en medidor de paciencia.
4) Finalmente, me he puesto a montar el artefacto a las 6 de la tarde. Dos horas y media con la bromita y que nadie se acerque mucho porque, aparte de verles la radiografía a los cienes y cienes (creo que es la Berrocal la autora de este cultismo que el otro día me recordó Julieta) de tornillos mal puestos, si se toca, me temo que pierde estabilidad, consistencia y algo más. Pero de momento, ahí queda todo, monísimo y con sus ruedas y todo; lo mejor: tapa los miles de cables que andan por ahí detrás.
Y acabo con arte. Os regalo una foto de mi última pintura. Me apeteció pintar un ángel renacentista cuando volví de la Toscana, algo tocada por el mal de Sthendal. Un viaje precioso, que espero repetir, como mínimo, con la misma compañía.

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Martes, 03 de enero de 2006
Pues hale, ya ha empezado el año nuevo. Yo aún no me noto nada raro, aunque puede que para ello haga falta ir a saltar a la Puerta del Sol con un gorro rojo, una bolsa de cotillón, cava, uvas, un buen abrigo, algo de paciencia y muchas ganas de repartir besos a desconocidos. Pero no, no ha podido ser; de todo lo enumerado sólo tenía uvas y cava. Se siente…
Lo dicho, que me siento igual. ¡Qué decepción! Yo que pensaba que el 1 de enero me iba a levantar sin ninguna gana de echar una calada ni ná. ¿Será porque no me tragué el programa ése en el que Teresa Viejo (otra que ha escrito un libro. Entre ésta, la Quintana y Paloma Lago, me van a entrar a mí las ganas de novelar a lo grande) nos sonreía a todos para explicarnos que había que dejar de fumar?, ¿será porque apago la tele cada vez que sale la Milá dando el coñazo mientras los de Gran Hermano se besan?, ¿será porque nos están machacando día sí día también con el temita?, o simplemente ¿será porque no es tan fácil?

Yo tengo una teoría: esto es una experiencia piloto del Gobierno. Los señores que piensan han dicho: “primero empezamos con esto, y si se lo tragan, luego hacemos un programa para que los desquiciados no maltraten a sus parejas, otro para que los narcotraficantes dejen de comerciar con vidas humanas, otro para que se acabe el hambre en el mundo…”, y así sucesivamente. Todo ello conducido por la profesionalidad de artistas como Bertín Osborne, José Luis Moreno, Terelu Campos, Roci-Hito o Belén Esteban, que tienen mucho tirón y la gente les hace mucho caso.
Que conste que estoy absolutamente de acuerdo con que no se pueda fumar en espacios cerrados compartidos por todos. Incluso para un fumador es molestísima esa nieblina apestosa que en mi pueblo llaman “zorrera” (¡Madre qué zorrera hay aquí, abre un poco la ventana, anda!, frase ejemplo). Pero de ahí a que nos traten como delincuentes… No sé, creo que voy a dejarlo, pues noto que por la calle me miran mal, en los bares me miran mal. Me da hasta miedo, pues me parece que de un momento a otro se va a disparar como una alarma cada vez que encienda un pitillo y va a venir una nave espacial-policial como en la película ésa de Bruce Willis en la que era taxista y recogía a una criatura extraña con el pelo naranja. A veces el miedo es más persuasivo que las presentadoras de televisión, que a mí no me convencen un pelo.
De hecho, hoy he estado a punto de dejarlo. Pero es que no me dejan. Los extras del gobierno me ponen trabas, como a Truman para salir de su isla. Estaba yo tan decidida a no fumar hoy que he salido por la puerta de casa ufana y todo. Pero, ay, que mi coche no estaba. En su lugar, un triangulito naranja. Primer cigarrillo, claro. Y tira andando hasta el puesto de la Policía Municipal. Por el camino otro, mientras pensaba en cuánto me clavarían por recogerlo. Por cierto, se lo había llevado la grúa injustamente, pues la señalización de cambio de acera no estaba en esa calle, pero esto es otra historia.
Llego yo a la policía, contaminada ya (yo, no la policía, por el humo, digo) y he coincidido con la administrativa contrariada porque no le salía no sé qué en el ordenador. No he osado preguntar. Mientras esperaba, calés entrando y saliendo del baño. Una muchacha se ha colado cuando un policía tecleaba su consigna para que se abriera la puerta. Delante de sus narices, y sin tener que saberse la contraseña ni nada. Me he quedado un poco pasmá de la finta que ha hecho la azúcar moreno, pero si nadie del cuerpo le decía nada, no iba a ser yo, que bastante tenía con lo mío.
Así que procedemos al papeleo, pago en efectivo y la señora me indica dónde está el depósito de coches (a 150 metros) y me dice:
- Espérese en la puerta que ahora irán a entregarle el coche.
Voy para allá y veo un portalón de hierro enorme que en esos momentos se abría porque salía una grúa precisamente. Así que, sin pensármelo, me he metido para adentro. Justo en ese momento la puerta se ha vuelto a cerrar. Y allí estaba yo, en medio de un solar con unos 20 coches de todo tipo, 2 grúas municipales y 3 autobuses y sin un alma más que la mía.
-Hola, hola
Nada. Por un momento me ha entrado un agobio tremendo. Me he sentido como José Luis López Vázquez, pero encerrada al aire libre.

Hasta he pensado en saltar la valla. Pues hala, otro cigarro para desestresarme. De repente he recordado que aún tenía en mi bolsillo el triangulito naranja y he vuelto a llamar a la policía.
-Que soy la de antes. Es que he entrado porque la puerta estaba abierta y me he quedado encerrada. Aquí no hay nadie. Por favor, mándeme un agente yaaaaa.
-Ahora mismo van para allá.
Lo he notado. He notado que me lo decía como quien da la hora mirándote de reojo, y he empezado a pensar cuánto rato estaría allí. O peor aún, cuántos días. No pienses. No pienses. No pensar. Tú no has hecho nada. La puerta estaba abierta.
Me he agachado a ver si vislumbraba sombras por debajo de la puerta. El siguiente paso era gritar sin control alguno.
Por fin, se ha abierto la puerta y ha entrado una grúa con 2 agentes dentro. Por su cara enseguida he visto que no estaban coordinados para nada con la administrativa que me ha atendido, así que me han mirado con cara de estupor, pues lo último que se esperaban era ver allí a una inconsciente con las gafas de sol puestas, un cigarrillo en una mano y el papel de la fianza de mi coche en la otra.
Les he explicado rápidamente lo que había pasado, pero creo que ni aun así han dejado de pensar que estaba chiflada, o peor aún, que era una delincuenta o algo parecido, así que he cogido mi coche y me he largado a toda hostia intentando aparentar la mayor normalidad posible en esas circunstancias.
¡Como para dejar de fumar hoy! A ver mañana…
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